“Recordando a Bárbara”: La Historia en Español

Con la ayuda de unas amigas queridas, traducí la historia de Bárbara Struncova en español.

Para mí, es importante contar la historia de la desaparición de Bárbara en la madre lengua del país donde ocurrió.  Los Ticos son personas generosas, inteligentes, y orgullosas de su cultura.  Yo sé que  no les agrada para nada que tragedias como esta ocurran en su país.  Tienen derecho de saber lo que pasó en el patio detrás de su casa.

Para quedar claro: escribí la historia original usando el nombre “Jim” para el personaje que representa el novio de Bárbara.  Esto hice porque hace 2 años cuando comencé a escribirla, nadie hablaba de lo que ocurrió y “Jim” estaba gozando de libertad aquí en Los Estados Unidos.  No quería encontrarlo enojado en la puerta de mi casa.  Ahora él se encuentra en la cárcel y todo el mundo sabe la triste historia.  Ya no hay secretos.   Decidí traducir la historia usando siempre el nombre “Jim,” porque todos los otros nombres han sido cambiados también—todos menos el de Bárbara.  Y el mío.

Aquí le presento la historia.  Léala en línea o sírvase a bajarla a su computadora.  Compártala libremente.
Recordando a Barbara

Barbara 3

Células

Si es verdad
que en el cuerpo
humano,
cada célula se repone
en el trascurso de
siete años,
eres, entonces
un hombre nuevo–
y yo soy una mujer
diferente de
la que conociste
al atardecer
con el viento que soplaba
al mar.
Nuestros cuerpos,
hasta las células
cerebrales
donde viven las memorias
más secretas,
nunca se han conocido
el uno sin
el otro.

First Soup

From The Riotous Walls, work in progress

I do not know how to eat the soup.

There is an enormous bowl on the table in front of me with fist-sized potatoes, gristly chunks of meat, yucca, whole carrots, halved ears of corn. And a spoon. My mamá named Hilda smiles at me because she is pleased to have made me something special and “Coma,” she says. “No le gusta la sopa?”

I like soup and I am hungry but I don’t know what to do. The soups I know have small-cut meat and vegetables, not these ingredients boiled whole. I look again but she has not given me a knife. She stands there smiling at me in confused expectation as I look helplessly at my plate.

I must look for words in this language and I have so few.

“No entiendo,” I say. “Como?”

“Ai mamita,” she says through an accidental giggle and asks me if I’ve never eaten soup before. “Asi,” she says, and taking my spoon, she slices off a piece of potato and offers it to me as if I were a giant 20-year-old baby.

“Ah,” I say. “Gracias.” I take the spoon.

Mama Hilda disappears into the kitchen and then joins me with a steaming bowl for herself. The delicious broth is scalding hot and I spill it onto the table as I chop clumsily at the carrot and then at the corn.

“No no,” she interrupts me. “El maiz, no. Ai mamita. No sabe tomar la sopa,” and she giggles again. “Mire,” she commands. She dips her fingers into the boiling broth, fishes out the ear of corn and bites the kernels from it in the way of every summer.

“Ya?” she asks me, meaning do I need more help or do I finally get it.

“Si,” I say. “Ya.”

“Provecho.”

“Gracias. Igual.”

I know nothing, not how to eat, not now to speak. All my life I have heard people talk of being born again and although this is not what they meant I see that this is its truer meaning.

When we are finished our faces shine with sweat and soup.

Doña Paula, Retratos de la Abuela (Retrato 1 de 3): Telarañas

“Las telarañas, allí déjelas,” dice don Chico y doña Paula no las toca. Las mira mal y mata las arañas cuando las alcanza, cuando don Chico se duerme en su silla en el corredor. “Déjelas pobres arañitas,” dice don Chico sin abrir los ojos, “que ellas comen los zancudos.”

Y tiene la razón. Las telarañas tejidas sobre la cabeza y en las esquinas de los cuartos son como una manta blanca que atrapa maleantes pequeños, ladrones de la sangre.

En la noche se escuchan cuando para la lluvia en el techo de zinc bajo las hojas anchas de la selva de palma y caimito. Como un coro de ángeles malvados, la nube de zancudos canta justamente al otro lado de los mosquiteros.

“Déjelas telarañas,” insiste don Chico y ella no toca la vela pesada y polvorienta. Abajo, la manda a Quica a sacarle un brillo cegador a los pisos y no deja entrar ni los perros ni los pollos para ensuciar.

Se sientan juntos en el corredor para tomar el café de las dos en el bochorno de la tormenta que se aproxima; comen el pan dulce que mandó la hija que se llame La Negra. Discuten amablemente sobre cuanto lloverá este año y con trapos baten los zancudos que bailan alrededor de los tobillos, dando cosquillas.