The Red Diary Project

Starting Next Week…

Join me in exploring the brittle pages of my first diaries.  Meet the rambunctious little girl you will meet and learn to love in When The Roll Is Called A Pyonder.

Each week, beginning in July and continuing through September, I will post some excerpts from the diary I begin at the end of When The Roll Is Called A Pyonder and include a picture of myself that would have been taken during the time the book is set.

 

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My Grandpa Brubaker reading to me in  the farm house kitchen.

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When I Grow Up (from “When The Roll Is Called A Pyonder”

(Release date: August 19, 2014 by eLectio Publishing)

I don’t know what I want to be when I grow up. I can’t decide. I don’t want to be a mommy like Mommy and I can’t be a farmer like Daddy because I’m a girl. I think maybe I’ll be a rock collector. I like rocks. I like to play in the lane and pick out pretty stones and bring them inside.

Then I see a circus on TV and I know what I want to be. I want to be an acrobat. I want to hang upside down on a flying trapeze and flip through the air. That must be the most fun thing in the world. I practice doing somersaults and standing on my head.

* * * * *

Read a longer excerpt from the book at http://www.mennonitewriting.org/journal/6/2/when-roll-called-pyonder-preview/   and leave your comments.

Doña Paula, Retratos de la Abuela (Retrato 1 de 3): Telarañas

“Las telarañas, allí déjelas,” dice don Chico y doña Paula no las toca. Las mira mal y mata las arañas cuando las alcanza, cuando don Chico se duerme en su silla en el corredor. “Déjelas pobres arañitas,” dice don Chico sin abrir los ojos, “que ellas comen los zancudos.”

Y tiene la razón. Las telarañas tejidas sobre la cabeza y en las esquinas de los cuartos son como una manta blanca que atrapa maleantes pequeños, ladrones de la sangre.

En la noche se escuchan cuando para la lluvia en el techo de zinc bajo las hojas anchas de la selva de palma y caimito. Como un coro de ángeles malvados, la nube de zancudos canta justamente al otro lado de los mosquiteros.

“Déjelas telarañas,” insiste don Chico y ella no toca la vela pesada y polvorienta. Abajo, la manda a Quica a sacarle un brillo cegador a los pisos y no deja entrar ni los perros ni los pollos para ensuciar.

Se sientan juntos en el corredor para tomar el café de las dos en el bochorno de la tormenta que se aproxima; comen el pan dulce que mandó la hija que se llame La Negra. Discuten amablemente sobre cuanto lloverá este año y con trapos baten los zancudos que bailan alrededor de los tobillos, dando cosquillas.